viernes, 7 de agosto de 2009

A falta de inspiración (y para no colgar el blog) continúo con las citas.


Uno cree conocer cada fracción de su cara, cada rasgo, cada expresión, pero ahora todo se burla. Una es una misma y otro: una cree conocerse hasta las puntas de los dedos, y de pronto siente que su propia envoltura se escapa, se vuelve completamente extraña a lo que la llena. En el momento en que uno siente que no soporta más verse, comprende que la imagen que tiene delante no es una misma.

FRIDA KAHLO

domingo, 26 de julio de 2009

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.


JULIO CORTÁZAR
PAPELES INESPERADOS

martes, 21 de julio de 2009

Make love singing songs

Brotaron flores de nuestra piel. Nos convertimos tan sólo en dos siluetas limitadas por el vacío; en dos sombras fundidas la una con la otra.
Las sábanas que envolvían nuestros cuerpos afiebrados, se movían a compás de nuestra agitada respiración.
Cada célula de mi ser se encontraba en estrecha conexión con mis cerebro. Mis piernas temblaban, temiendo una muerte inminente.

Convulsionamos. Estallamos en fuegos de artificio.

Más allá de la puerta de la habitación, el mundo se caía a pedazos, se desmoronaba, se pulverizaba... y no parecía importarnos.


De fondo: Revolver, de los Beatles.

lunes, 6 de julio de 2009

Y cada tonta cosa es música del sol de la tarde

[Me aqueja una importante falta de inspiración. Por eso comparto este viejo texto: un trabajo práctico para la facultad, donde la cosigna era esbozar un paisaje interno]



Si me fuera, no importa a dónde, si me fuera no más ¿qué llevaría conmigo? Sin duda alguna: mi esencia. Sin duda alguna, mis discos. Supongo que también un par de libros, un poco de ropa y algún que otro mueble. Pero por sobretodo, los discos. Los compactos y los de vinilo. ¡Y por qué no los casettes!

En el lóbulo de la oreja derecha me acompañaría el sonido del paso despreocupado de la púa por los surcos de ese mágico y circular receptáculo de melodías. En el ojo izquierdo me colgaría un lagrimón. Ese que cayó una y otra vez al escuchar “Los libros de la buena memoria”.

Si pudiera, me guardaría en un bolsillo todos los sábados a la mañana, en los que el sol invadía la cocina, mientras los Beatles me despabilaban. Y si el bolsillo fuera realmente grande, depositaría también esas tardes lluviosas de domingo, en las que me echaba en la cama a escuchar hasta el hartazgo “Artaud”, de Spinetta, o “One size feet all”, de Frank Zappa.

Por suerte conseguí una valija enorme. Porque sino dónde hubiera metido todas esas noches en las que el pibe ese me enamoró acariciándome mientras me cantaba bajito y suave al oído “quiero verte desnuda el día que desfilen los cuerpos que han sido salvados”.

Además ataría a mi cintura el rumor de la voz de Caetano Veloso, cantándole a mi mamá mientras hacía la comida. Y pondría en mis zapatos los tangos que me tarareaban mis abuelas. Esos tangos con olor a patio y café con leche. De mi hermano me llevaría su nombre, en forma de canción, bien protegido en mi puño. Y de mi viejo, uff, de mi viejo... La fuerza de mis brazos no alcanzaría jamás para sostener esas montañas de melodías que, desde antes de nacer, él me regaló.

¡Ay!, si tan sólo pudiera… lo haría. Les arrancaría las manos a mis amigos, para tenerlos siempre a mi lado, tocando una guitarra desafinada, en cualquier plaza, con unos ricos mates. O imprimiría en la retina de mis ojos, sus caras de asombro escuchando Pink Floyd.

Cuando me vaya (bien ida) todos los recuerdos de mi niñez y adolescencia se reproducirán con la mejor banda sonora de la historia, digna de premios y galardones. Una dulce armonía invadirá antiguas siestas, recreos, vacaciones, tristezas y alegrías.

Un fantasma una vez me contó (una vez me cantó) que en su tumba tiene discos y cosas que no le hacen mal. Pues así quiero irme yo: silbando bajo un tango o un rocanrol (lo mismo da).

martes, 30 de junio de 2009

Por

Con papá tengo una relación amor-odio.


La convivencia nos distancia bastante: ambos tenemos el mismo carácter de mierda. Nos cagamos a gritos, discutimos por pelotudeses. No nos soportamos.

De todos modos, no puedo zafarme del Complejo de Edipo (o mejor dicho, de Electra). Lo admiro profundamente. Es un hombre inteligente, con bellas ideas políticas, sociales, culturales. Casi todo lo que sé, lo aprendí de él.

Anoche miramos juntos el programa Elepé de canal 7, destinado al análisis del disco Artaud de Spinetta. Mientras escuchábamos atentamente las entrevistas, conversamos y cantamos desafinadamente las canciones que sonaban de fondo. Discutimos cuales era nuestras canciones favoritas (yo elegí
La sed verdadera, él Cantata de Puentes Amarillos) sin olvidar la belleza de A Starota, el idiota o Por.
No pude evitar sacar la mirada de la pantalla (en repetidas ocasiones) para mirarlo a él; para mirarlo a mi papá y pensar en lo mucho que le agradezco que me haya hecho escuchar tanta música hermosa.

Este tipo me hizo escuchar Spinetta desde antes de nacer: ponía al palo "El mono tremendo" (del disco Tester de Violencia) y yo pateaba frenética en la panza de mamá. A mi hermano lo nombró Fermín, y a mí casi me pone Ludmila. Me llevó a verlo al Flaco (y Los Socios del Desierto) cuando yo apenas pisaba los 10 años.


Es difícil llevar a cabo este amor-odio. Es difícil decirle
"gracias por todo esto" a un tipo poco cariñoso. Es difícil hacerlo explícito. Pero si hay algo que aprendí en estos 20 años, es a ser un poco estratega, y demostrarle todo lo que lo admiro a través de una charla casual, cómodamente sentados en las butacas de algún recital.


miércoles, 24 de junio de 2009

~


A veces tengo miedo (mucho miedo) de perder la pasión.



Me asusta no tener ganas. Me petrifica sentir que no estoy haciendo nada. Me paralizan las obligaciones. Me da asco que el cansancio posea mi cuerpo.
Me repugna no tener ganas de leer un libro. Me indigna no tener ganas de abandonar la comodidad de mi casa para hacer cosas que realmente me hacen bien, para ver gente que me hace bien.
Me da temor perder sensibilidad antes las cosas bellas de la vida. Porque lo bello, cuando se repite, se vuelve rutinario. Y la rutina suele devenir en aburrimiento. Y el aburrimiento nos agobia.

Tengo miedo de dejar de soñar; de dejar lo lado lo que quiero hacer, por lo que tengo que hacer.

martes, 16 de junio de 2009

Cuatro hechos musicales

1.- De la dificultad de despertar.

Tengo gravísimos problemas para abrir los ojos a la mañana. El simple hecho de ver que la primera cifra del despertador es un seis o un siete me causa un furia increíble. [En mi opinión, no debería existir obligación alguna antes de las 8.30 am.] Todo mi cuerpo se niega rotundamente a levantarse y me vuelvo a dormir por largos minutos, o hasta horas.
Harta de hacer todo apurada y llegar tarde a todos lados (o directamente ausentarme a mis actividades) busqué una urgente solución.
Tras varios intentos fallidos, descubrí que la única forma de despabilarme rápidamente es, ni bien apago el despertador, ponerme los auriculares con música bien bien linda. (Recomendación: "Good day, sunshine" de los Beatles).

2.- De las capacidades auditivas.

Inciso A.- En el silencio se escucha mucho mejor (creo que no hay dudas de esto). Y la oscuridad también ayuda notablemente.
El volumen de mi mp4 llega a '30'. Cuando camino por la calle, voy escuchando con en volumen entre 16 y 22 (según el disco y según el barrio que transito). Cuando me despierto, lo reproduzco en 8. Sí, tan sólo me basta subirlo (o bajarlo) hasta 8, y percibo perfectamente. Mi oído se adecua a esa situación particular.
Pero a veces olvido que tengo otro despertador programado... y me sobresalta con su chillido en un volumen muy superior al que mi oído desea escuchar.

Inciso B.- Hoy a la mañana comprobé que si sonrío con los auriculares en los oídos, los sonidos me 'entran' mejor.

3.- De la energía musical.

Ni bien tuve un rato de soledad en mi casa, abandoné los apuntes de la facultad y puse el disco Chapusongs de Árbol al palo. Acto seguido empecé a saltar y gritar como una desquiciada dentro de mi habitación. Fue una enérgica regresión a mis 14 añitos.

4.- Del caminar.

A veces, cuando voy caminando, veo mi vida como un film con una hermosa banda sonora.
La música marca el ritmo de mis pasos, mientras la letra habla de lo que estoy viviendo.
La película de hoy era la historia de un piba que se reconcilió con su pasado, y cuando se lo cruzó en la calle, lo saludó con una sonrisa.