martes, 6 de octubre de 2009
Volví!
Este cuatrimestre empecé en la facultad un Taller de Escritura Creativa, y eso me (re)generó una rutina de escritura. Lo que viene a continuación es una de esas tantas cositas que estuve escribiendo. La consigna era escribir en la clase un diálogo de no más de diez lineas, a partir de la frase "Ellos lo niegan, ellos lo niegan". Luego continuarlo en casa.
Todavía no le encuentro título.
Su impaciencia se expresaba claramente en el temblor de su pie izquierdo. Sobre las rodillas una pila de papeles, sobres y pequeños cartones amenazaba con caerse y desparramarse por todo el suelo de la sala de espera.
- ¡Gutierrez!
El médico comenzó a escribir la historia clínica silenciosamente, hasta que la mujer lo interrumpió de un grito:
- Ellos lo niegan, ellos lo niegan, doctor. Pero estoy segura de que mi cuerpo está invadido al menos por tres enfermedades distintas.
- ¿Cuáles son sus síntomas?
- ¡Todos los que existen! Dolores internos y externos, picazón, nauseas, jaquecas, mareos, calambres, distorsión en los sentidos...
- ¿Los otros médicos le hicieron estudios?
- ¡Por supuesto! Tomografías, radiografías, análisis de sangre y orina, punciones, biopsias... de todo.
- ¿Y qué le hace pensar qué yo descubriré algo distinto que los demás?
- La desesperación.
viernes, 7 de agosto de 2009

FRIDA KAHLO
domingo, 26 de julio de 2009
martes, 21 de julio de 2009
Make love singing songs
Las sábanas que envolvían nuestros cuerpos afiebrados, se movían a compás de nuestra agitada respiración.
Cada célula de mi ser se encontraba en estrecha conexión con mis cerebro. Mis piernas temblaban, temiendo una muerte inminente.
Convulsionamos. Estallamos en fuegos de artificio.
Más allá de la puerta de la habitación, el mundo se caía a pedazos, se desmoronaba, se pulverizaba... y no parecía importarnos.
De fondo: Revolver, de los Beatles.
lunes, 6 de julio de 2009
Y cada tonta cosa es música del sol de la tarde
Si me fuera, no importa a dónde, si me fuera no más ¿qué llevaría conmigo? Sin duda alguna: mi esencia. Sin duda alguna, mis discos. Supongo que también un par de libros, un poco de ropa y algún que otro mueble. Pero por sobretodo, los discos. Los compactos y los de vinilo. ¡Y por qué no los casettes!
En el lóbulo de la oreja derecha me acompañaría el sonido del paso despreocupado de la púa por los surcos de ese mágico y circular receptáculo de melodías. En el ojo izquierdo me colgaría un lagrimón. Ese que cayó una y otra vez al escuchar “Los libros de la buena memoria”.
Si pudiera, me guardaría en un bolsillo todos los sábados a la mañana, en los que el sol invadía la cocina, mientras los Beatles me despabilaban. Y si el bolsillo fuera realmente grande, depositaría también esas tardes lluviosas de domingo, en las que me echaba en la cama a escuchar hasta el hartazgo “Artaud”, de Spinetta, o “One size feet all”, de Frank Zappa.
Por suerte conseguí una valija enorme. Porque sino dónde hubiera metido todas esas noches en las que el pibe ese me enamoró acariciándome mientras me cantaba bajito y suave al oído “quiero verte desnuda el día que desfilen los cuerpos que han sido salvados”.
Además ataría a mi cintura el rumor de la voz de Caetano Veloso, cantándole a mi mamá mientras hacía la comida. Y pondría en mis zapatos los tangos que me tarareaban mis abuelas. Esos tangos con olor a patio y café con leche. De mi hermano me llevaría su nombre, en forma de canción, bien protegido en mi puño. Y de mi viejo, uff, de mi viejo... La fuerza de mis brazos no alcanzaría jamás para sostener esas montañas de melodías que, desde antes de nacer, él me regaló.
¡Ay!, si tan sólo pudiera… lo haría. Les arrancaría las manos a mis amigos, para tenerlos siempre a mi lado, tocando una guitarra desafinada, en cualquier plaza, con unos ricos mates. O imprimiría en la retina de mis ojos, sus caras de asombro escuchando Pink Floyd.
Cuando me vaya (bien ida) todos los recuerdos de mi niñez y adolescencia se reproducirán con la mejor banda sonora de la historia, digna de premios y galardones. Una dulce armonía invadirá antiguas siestas, recreos, vacaciones, tristezas y alegrías.
Un fantasma una vez me contó (una vez me cantó) que en su tumba tiene discos y cosas que no le hacen mal. Pues así quiero irme yo: silbando bajo un tango o un rocanrol (lo mismo da).
martes, 30 de junio de 2009
Por
Con papá tengo una relación amor-odio.
La convivencia nos distancia bastante: ambos tenemos el mismo carácter de mierda. Nos cagamos a gritos, discutimos por pelotudeses. No nos soportamos.
De todos modos, no puedo zafarme del Complejo de Edipo (o mejor dicho, de Electra). Lo admiro profundamente. Es un hombre inteligente, con bellas ideas políticas, sociales, culturales. Casi todo lo que sé, lo aprendí de él.
Anoche miramos juntos el programa Elepé de canal 7, destinado al análisis del disco Artaud de Spinetta. Mientras escuchábamos atentamente las entrevistas, conversamos y cantamos desafinadamente las canciones que sonaban de fondo. Discutimos cuales era nuestras canciones favoritas (yo elegí La sed verdadera, él Cantata de Puentes Amarillos) sin olvidar la belleza de A Starota, el idiota o Por.
No pude evitar sacar la mirada de la pantalla (en repetidas ocasiones) para mirarlo a él; para mirarlo a mi papá y pensar en lo mucho que le agradezco que me haya hecho escuchar tanta música hermosa.
Este tipo me hizo escuchar Spinetta desde antes de nacer: ponía al palo "El mono tremendo" (del disco Tester de Violencia) y yo pateaba frenética en la panza de mamá. A mi hermano lo nombró Fermín, y a mí casi me pone Ludmila. Me llevó a verlo al Flaco (y Los Socios del Desierto) cuando yo apenas pisaba los 10 años.
Es difícil llevar a cabo este amor-odio. Es difícil decirle "gracias por todo esto" a un tipo poco cariñoso. Es difícil hacerlo explícito. Pero si hay algo que aprendí en estos 20 años, es a ser un poco estratega, y demostrarle todo lo que lo admiro a través de una charla casual, cómodamente sentados en las butacas de algún recital.
miércoles, 24 de junio de 2009
A veces tengo miedo (mucho miedo) de perder la pasión.
Me asusta no tener ganas. Me petrifica sentir que no estoy haciendo nada. Me paralizan las obligaciones. Me da asco que el cansancio posea mi cuerpo.
Me repugna no tener ganas de leer un libro. Me indigna no tener ganas de abandonar la comodidad de mi casa para hacer cosas que realmente me hacen bien, para ver gente que me hace bien.
Me da temor perder sensibilidad antes las cosas bellas de la vida. Porque lo bello, cuando se repite, se vuelve rutinario. Y la rutina suele devenir en aburrimiento. Y el aburrimiento nos agobia.
Tengo miedo de dejar de soñar; de dejar lo lado lo que quiero hacer, por lo que tengo que hacer.
